Primeras páginas de la novela El Cuarto de las Maravillas

En esta primera entrada quiero daros a conocer mi primera novela de fantasía y misterio, El Cuarto de las Maravillas. Para que la conozcáis mejor aquí os dejo una pequeña muestra de las primeras páginas. Podéis leerlas aquí mismo o descargar la primera mitad de la novela a vuestro ordenador pulsando en el botón de debajo.

Y si estáis interesados en leerla entera, ya está disponible en Amazon y Casa del libro.

No os entretengo más. ¡Espero que os guste!


Sinopsis

«Nos encontramos en la ciudad imperial de Praga, a finales del siglo XVI, momento en que un extraño ser hace su aparición, trastornando por completo la vida de sus habitantes. Su nombre es Xangardo y su esquelético aspecto causa espanto a todo aquel lo contempla. Al mando de una banda de malhechores se las ingeniará para fundar su propio estado al margen de la ley, el cual provocará el pánico entre la población y llegará a poner en jaque al mismísimo emperador Rodolfo II.
Sin embargo, y contra todo pronóstico, este curioso lugar no solo atraerá a rufianes y bribones, sino también a un variopinto grupo de intelectuales y humanistas, cuyas inquietas mentes alumbrarán arquitecturas imposibles, obras científicas adelantadas a su tiempo, retratos extraordinarios y, sobre todo, la asombrosa colección del Cuarto de las Maravillas».


Aparece el lich

Una figura encapuchada penetró en la pequeña librería. Se dirigió directamente al fondo de la tienda, moviéndose con soltura por entre las abarrotadas estanterías y las pilas de polvorientos libros. El librero le echó una mirada suspicaz desde detrás del mostrador, pero enseguida se olvidó de él y volvió a sus asuntos.

Minutos más tarde la figura se plantó en el mostrador, dispuesto a pagar el libro que aferraba en su mano izquierda. El librero intentó escudriñar el rostro del comprador, pero éste se había tomado muchas molestias para que tal cosa resultara imposible.

El encapuchado tendió una mano enguantada con el dinero exacto. Sin embargo, cuando el librero tomó las monedas, el guante se deslizó de la mano, dejando a la vista una mano esquelética.

El librero ahogó un grito.

—¡Es… es… un lich! —fue lo único que logró articular.

La figura recogió el guante con un brusco movimiento y se lo volvió a poner a toda prisa. Después salió precipitadamente de la tienda y echó a correr calle abajo. Pero el librero, una vez repuesto de la sorpresa inicial, le siguió y una vez afuera empezó a señalarlo y a gritar:

—¡Un lich! ¡No dejen que escape! ¡Hay un lich en la ciudad!

Unos soldados que pasaban por allí oyeron las voces y se fijaron en la figura encapuchada, que en su carrera iba directo hacia ellos. Sin siquiera tiempo para pensarlo intentaron apresarlo, pero sus amplias ropas ocultaban lo exiguo que era su cuerpo y a los dos hombres les resultó imposible atraparlo. Tan solo pudieron agarrar el manto, que se desgarró.

La figura quedó entonces expuesta ante todos y pudieron verle el rostro: un cráneo, exento de carne, piel u órganos, era todo cuanto había.

El libro se había caído al suelo durante el encontronazo y el lich tuvo que volver unos pasos atrás para recogerlo. Esta situación fue aprovechada por el librero para darle alcance, armado con un bastón, ante la mirada perpleja de los transeúntes. Pero esta sorpresa pronto se trocó en miedo, y el miedo les movió a la acción.

El tendero de una frutería cercana tomó una naranja y se la tiró, impactándole en el rostro al lich. Éste apenas sintió el golpe, pero fue suficiente para hacerle reaccionar y reemprender la carrera.

Los transeúntes formaron entonces una turba furiosa y salieron tras él, abandonando sus negocios y olvidándose de sus quehaceres. Un gran alboroto se creó en las calles, y a medida que avanzaban y alertaban sobre la presencia del lich, más gente se unía a la muchedumbre.

El lich se internó por entre los callejones y deambuló sin rumbo durante varios minutos. Su ligero cuerpo le permitió dejar atrás a sus perseguidores. Para entonces ya había caído la de noche.

Cuando se creyó a salvo, miró en torno suyo: se hallaba en una húmeda y angosta calleja. Ante él había un setal de piedras, torcidas e inclinadas sin orden ni concierto. Estaba en el gueto de Praga, delante del cementerio de judío.

De repente se oyeron ruidos en uno de los extremos de la calle y el alboroto fue creciendo con el paso de los segundos: sus perseguidores no habían perdido el rastro y ya se aproximaban.

Sin pensarlo dos veces se internó por entre las lápidas y la maleza del cementerio. A los pies de un saúco se tumbó y se envolvió en su destrozado manto. Pudo ver cómo la muchedumbre pasaba de largo, creyendo que el lich había continuado calle abajo; o quizá sí que llegaron a plantearse que se hallase escondido en el cementerio y durante unos segundos contemplaran la idea de adentrarse en él, pero al final su temor fue tal que no se atrevieron a hacerlo.

Sea como fuere, allí pasó el lich lo que restaba de noche, sin ser ya molestado, solamente acompañado por el susurro del viento.

Estudio sobre el lich – De la naturaleza del lich y otros términos relacionados

Lucano, en su Farsalia, y más tarde Plinio en el libro VIII de su Naturalis historia, fueron los primeros en describir detalladamente a los liches, a quienes presentaban como osamentas andantes de las regiones de Germania. El segundo, además, nos habla de su comportamiento: dice que sus instintos les empujan cometer los más viles crímenes, a pervertir a los inocentes y a propagar la muerte y la enfermedad.

De estas toscas descripciones a la realidad existe un verdadero abismo, como yo mismo he podido comprobar, pues son estos seres más complejos de lo que insinuaron los sabios del pasado.

Y para comenzar a enmendar este error se hace necesario introducir y definir qué es un lich y otros términos relacionados, algunos sobradamente conocidos y otros ignotos para la mayoría.

Un lich es una entidad corpórea cuya supervivencia se encuentra ligada a un objeto, llamado filacteria, donde se deposita su alma.

La conversión es el proceso por el que el alma de un individuo es migrada desde su cuerpo hasta un objeto inanimado, creándose al término de ésta el lich.

Cuando la filacteria es destruida se produce el desvanecimiento del lich. Se recurre a esta palabra para distinguir la extinción del lich de la verdadera muerte del individuo.

Estos son los elementos esenciales que determinan la vida de un lich.

Se desata la locura en la capital

El trastorno que puede causar en una región la aparición de un lich solo es comparable al provocado por la guerra, el hambre o la peste, y muestra de ello es lo que sucedió en Praga a finales del siglo XVI.

A principios de la primavera, las correrías del lich se habían convertido en el principal tema de conversación de la ciudad. Ni las últimas acometidas del turco, ni las revueltas de Transilvania y Valaquia, ni siquiera las amenazas del protestantismo podían competir con él. En cada taberna, mesón o posada tan solo se hablaba de las últimas acciones de esta criatura, donde los contertulios, convertidos en verdaderos expertos en la materia, especulaban, discutían y argumentaban al respecto.

A tal grado llegó su obsesión que el humor de los praguenses variaba según la actividad del lich. ¿Que un carretero afirmaba que su cargamento de vino del Rin había sido saqueado por el lich? El pesimismo se extendía por las calles, los transeúntes caminaban con la cabeza gacha y se respiraba una atmósfera de angustia e inquietud. ¿Que durante la noche los arcabuceros del emperador habían evitado un asalto del lich al Hradschin? Alegría general: las tabernas invitaban a una copa, los mercados se llenaban hasta rebosar y se celebraban juegos y entretenimientos en las plazas.

Pasó a formar parte de la cultura popular. Los dramaturgos escribían sobre él y le convertían en el villano de sus tragedias o en el protagonista de sus farsas. A veces aparecía para castigar al criminal y condenarlo a las llamas del infierno; en otras extraviaba a los jóvenes imprudentes con sus malignos poderes.

En las tabernas, los lugareños conversaban sobre él como el que habla del tiempo. «¿Crees tú que atacará hoy?» preguntaba uno, a lo que le respondía el otro, tras reflexionar unos segundos: «Me parece que no. Hoy hay luna llena, y ya sabes que la luna llena le debilita» respondía, muy seguro de lo que decía. «Los carreteros se apresurarán hoy a traer su mercancía a la ciudad antes de que amanezca. Mañana por fin podremos encontrar en el mercado vino dulce, queso italiano y especias».

Por un momento la vida en Praga se organizó en función de los movimientos del lich, para escarnio del primer mayordomo, a quien el emperador, harto de los chismorreos sobre este ser, le había encomendado que resolviera este asunto.

Día y noche, desde hacía ya un mes, se devanaba los sesos intentando hallarle remedio a esta situación, que ya duraba demasiado para su gusto.

Se encontraba un día en su aposento, sentado ante un montón de papeles y cuentas. Tras ellos asomaba un individuo de pequeña estatura que, como no podía ser de otra manera, había acudido para exigir que se le pagara alguna deuda atrasada.

El tipo le estaba soltando un discurso interminable, por lo que pasados unos minutos le resultó imposible prestarle atención y su mente voló a asuntos más agradables.

Lo notó el viñero, que ese era su oficio, y, enfadado, le reprendió así:

—Oiga, si le aburre mi historia, págueme los cincuenta florines de esta semana y no le molestaré más —le espetó.

El mayordomo, que no contaba con darle más que una docena de florines, volvió en sí de inmediato.

—Lo siento —se disculpó—, es que ya sabe que el lich ha vuelto a actuar la pasada noche y me resulta un verdadero quebradero de cabeza.

—Pues rocíelo con vinagre y ya verá que pronto desaparece —soltó el viñero, y acto seguido retomó su discurso.

El mayordomo salió definitivamente de su abstracción y se incorporó en su asiento.

—¿Cómo ha dicho? —preguntó, cortando al viñero, que se sobresaltó al recibir tanta atención de golpe— ¿Vinagre?

—Así es. En mi tierra siempre se ha dicho que los liches odian el vinagre, que al contacto con él se les desmoronan los huesos, como si se disolviera lo que quiera que los mantuviera unidos. Y luego ya no hay que preocuparse más por ellos, no señor.

—Entiendo —contestó el mayordomo, y volvió a sus meditaciones. Tenía sus dudas de que tal cosa fuera cierta, pero era mejor que nada, pensó, y no sería complicado urdir algún truco.

Despachó al viñero con los cincuenta florines que le pedía, una minucia comparado con los doscientos que le debía la intendencia imperial, pero suficiente para que abandonara el aposento con una sonrisa de oreja a oreja.

Al día siguiente el mayordomo solicitó audiencia con el emperador. Este le recibió malhumorado, pues hacía escasos minutos que uno de sus ayudante de cámara le había informado del último ataque realizado por la criatura.

—Majestad —dijo—, creo haber hallado el punto débil del lich.

—A buenas horas —replicó el emperador —. ¿Sabes que la pasada noche se le vio paseándose impunemente por la orilla del Moldava?

—Sí, señor, lo sé, pero… ya conozco el modo de destruirlo.

El emperador iba a replicar, pero en su lugar se abstuvo, pues estaba intrigado.

—Adelante, hable.

El mayordomo pareció animarse y comenzó a hablar:

—Verá, según he podido saber, los liches aborrecen el vinagre más que cualquier otra cosa. En cuanto les toca una sola gota se desploman sin remedio.

—¿Cómo? ¿Es eso cierto? —el emperador estaba perplejo —¿Vinagre? ¿Y ya está?

—Así es, señor.

El emperador se quedó pensativo. Distraídamente se acercó a la ventana.

—Vinagre… —musitaba, más para él que para nadie—. Quién lo diría… fuerzas sobrenaturales, doblegadas por una sustancia tan vulgar…

Pasó unos segundos más en sus ensoñaciones y después se giró:

—¿Y qué propones, entonces? ¿Que obliguemos a todo aquel que pulule por la calles a bañarse con vinagre?

—No, señor, mucho más sencillo. Mi intención es dotar a la guardia de redomas de cristal llenas de este líquido y darles orden de que en cuanto se topen con el lich se las arrojen.

El emperador se pasó la mano por la barbilla.

—Me parece bien… —contestó—. Sí, adelante, hazlo. Y dile al primer camarero que te proporcione el dinero que sea necesario.

Orgulloso y altivo salió el mayordomo de la sala. Calculó que con una pequeña suma podría proveerse del suficiente vinagre para todo el regimiento.

Se distribuyó a las tropas las redomas de vinagre y se dio orden de que fueran arrojadas al lich en cuanto fuera descubierto.

Esta medida causó sensación en la ciudad y pronto fue muy popular. Tanto, que los ciudadanos consideraron que lo más prudente era hacer lo mismo, y por ello corrieron a los mercados a adquirir el vinagre, que en poco tiempo duplicó su precio.

A lo largo de varias semanas muchos inocentes recibieron sobre sus cabezas y sus ropas el impacto de estas redomas y tuvieron que soportar el olor del vinagre, que en cuestión de semanas llegó a impregnar toda la ciudad.

Desde el púlpito se aconsejaba a las damas que se echaran unas gotas cada mañana en el cuello, como si de un perfume se tratara, para así protegerse del lich.

Los caballeros, en cambio, preferían empapar un pañuelo en vinagre y a la menor ocasión de peligro lo sacaban y lo sostenían ante sí, para evitar que el lich se les acercara.

Pasado un mes, y visto el nulo efecto que todos estos preparativos habían tenido sobre el lich, que seguía deambulando a sus anchas por la ciudad, la medida fue cayendo en el olvido, pero solo para ser pronto sustituida por otras muchas igual de disparatadas.

De hecho, aún no había desaparecido el hedor a vinagre de las calles cuando surgió la siguiente ocurrencia: algunas voces ilustres habían afirmado que el lich, antes de someterse a la conversión, había sido un ciudadano praguense. Fue inevitable que la gente comenzara a preguntarse cuál había sido su casa, cuál su oficio y quiénes sus allegados.

Surgieron multitud de teorías y especulaciones. Se denunció públicamente a varios individuos, que se vieron obligados a presentarse ante las autoridades para alejar las sospechas de sus personas.

Y no era un proceso agradable: los señalados debían desnudarse y dejarse palpar para confirmar que sus cuerpos estaban en perfectas condiciones y no medio deshechos y corrompidos como el del lich.

A un hombre que padecía una fea afección de la piel llegaron a encerrarlo en las mazmorras del catillo, como una especie de cuarentena. Afortunadamente el lich fue visto días después deambulando por las calles y lo dejaron en libertad.

No solo se fijaron en las personas, también en las posesiones que le pudieran haberle pertenecido. Algo que preocupaba sobremanera era dónde se escondía. Debido a esto se investigaron muchas casas, que fueron registradas por la guardia imperial en busca de cualquier pista relacionada con el lich.

De hecho, se llegó a quemar una propiedad a causa de estos rumores.

Se extendió el rumor de que varios edificios, repartidos por toda la ciudad, habían alojado al lich cuando este aún vivía. Uno de ellos, que situaba su casa en la Calle de los Gitanos, tuvo mucho éxito, y la teoría cobró gran fuerza cuando algunos vecinos afirmaron haberle visto entrar en aquel edificio regularmente y pasar allí la noche.

Sin dudarlo un segundo, un puñado de los ciudadanos más exaltados se reunió en el lugar y, bien provistos de antorchas y teas ardientes, pegaron fuego a la propiedad.

Fue muy celebrada esta acción hasta que poco después se supo que un vecino, malquistado con el dueño del edificio, había inventado el rumor para perjudicarle, aunque, como él mismo confesó luego, no pretendía que la cosa llegara tal extremo.

En este punto las gentes de Praga ya se habían convertido en verdaderos expertos en el fenómeno del lich. Por este motivo términos antes desconocidos comenzaron surgir en las conversaciones.

Uno de ellos fue la palabra filacteria, ese objeto misterioso que alberga en su interior el alma del lich.

Alguien reparó entonces en que la filacteria bien podría encontrarse en la ciudad. Esta idea gozó de mucho éxito. Cualquier objeto del cual se desconociese su procedencia podía haberle pertenecido en el pasado.

Por este motivo se realizaron por toda la ciudad diversas hogueras en la que se quemaban aquellos objetos de dudosa procedencia, en un vano intento por destruir al lich. Desde la corte se animaba a ello, instando a los ciudadanos a colaborar.

Más de un centenar de estas hogueras fueron contabilizadas en apenas un par de meses.

Se elaboraban listados con los objetos que se quemaban. Resulta curioso saber cuáles eran los más habituales: viejos libros, cuadros, prendas de ropa e incluso joyas. Hasta se llegó a quemar un colmillo de elefante.

Los objetos provenientes de herencias solían acabar entre las llamas. También ardieron multitud de regalos y donaciones, especialmente cuando el obsequiante no era de confianza.

En un momento dado, incluso se insinuó que el lich podía haber profanado una biblia. La gente, ni corta ni perezosa, se lanzó a destruirlas y fue necesaria la intervención del clero para detenerlos.

Pese a la euforia con la que la población se entregó a la quema, esta medida no valió para nada, aunque sí que sirvió para que se hiciera limpieza en las casas.

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