De Héroes y Bestias – La aparición – Segunda parte

«Bagesto afirma que detrás de la misteriosa aparición se encuentra en realidad un lich, y para demostrarlo ha elaborado un astuto plan.
¿Serán sus conjeturas acertadas? ¿Se resolverá de una vez por todas este misterio?»


Zapotocky estaba anonadado.

—¿Cómo…? ¿Un lich…? —respondió.

—Exactamente —contestó Bagesto muy serio, y comenzó a caminar por la sala—. Ni un fantasma, ni un espectro, aunque eso es lo que a él le conviene que crea. Un lich es un ser cuya existencia se encuentra ligada a un objeto inanimado, llamado filacteria, de tal forma que mientras ese objeto no sea destruido el lich vivirá eternamente. Sin embargo, su cuerpo se deteriorará y se descompondrá como el de cualquiera de nosotros, reduciéndolo a un esqueleto andante, como usted ya ha comprobado.

El hombre estaba perplejo y no sabía que decir. Bagesto continuó.

—Veamos, ¿ha llegado a sus manos algún objeto desconocido en los últimos días? Algo no muy grande, ni frágil. Seguramente de poco valor…

El rostro del hombre se contrajo mientras hacía un esfuerzo titánico por recordar.

—¡Sí! —exclamó de pronto, mientras se levantaba de un salto—. Sí, dos días antes de toparme por primera vez con el fantas… con el lich, recuerdo que di un paseo por el monte. De hecho, lo hago todas las semanas. Me gusta estar solo un rato y la montaña es un lugar tranquilo. Normalmente no suelo ver a nadie, pero aquel día vi a una figura encapuchada internarse en la espesura y sentí curiosidad. Sé que no debía hacerlo, pero le seguí.

—¿Y qué fue lo que vio? —Bagesto se inclinó en su asiento, sumamente intrigado.

—Bueno, verá: la figura se movía bastante deprisa y apenas lograba seguirlo. Se dirigía a la parte más escarpada de la montaña, pero daba muchos rodeos y a punto estuve de perderlo. Finalmente se detuvo en un punto y se agachó. Yo me oculté detrás de un árbol y observé lo que hacía, pero tan solo pude verle la espalda. Mientras allí estaba debí de hacer algún ruido, porque el encapuchado levantó la cabeza y comenzó a mirar en todas direcciones, como buscando a algún intruso, pero no me vio. Después se apresuró a terminar su tarea y se fue.

Entonces me acerqué y vi que la tierra donde había estado agachado había sido removida. Supuse que habría enterrado algo, por lo que escarbé en la tierra hasta dar con un pequeño cofre de madera desgastada. Pensé que dentro se hallaría su tesoro, pero cuando la abrí, descubrí que estaba vacía. Me llevé una gran decepción, porque, debo confesarlo, el dinero me habría venido muy bien. El cofre me lo guardé, pues pensé que aunque no valiera nada quedaría bien en mi despacho, y con él volví a mi casa.

El hombrecillo se calló, pero Bagesto tenía un gesto triunfante en su rostro.

—Pues ese es el tesoro del lich —exclamó Bagesto.

—Pero, ¿cómo? Si no había nada dentro… —musitó el hombre.

—Precisamente. El propio cofre es su filacteria.

El hombre se llevó una mano a la boca.

—¡Y yo me lo llevé!

El espanto asaltó al hombre, que durante unos minutos estuvo debatiéndose por contener el miedo que le había embargado.

—Entonces solo hay que romper ese chisme y se deshará el hechizo —comentó Gridas.

—Eso es —dijo Bagesto, pensativo—. Pero supongo que ni este hombre ni los vecinos de Grama se quedarían tranquilos si no ven con sus propios ojos cómo se desvanece el lich.

Se volvió hacia Zapotocky, que ya había conseguido refrenar su miedo y relajarse.

—¿Dónde se encuentra ahora mismo ese cofre?

—En un estante de mi despacho, justo detrás de mi escritorio.

—Pero su despacho ha permanecido cerrado todos estos días, con las contraventanas echadas y las luces apagadas, salvo las escasas horas que ha necesitado para poner en orden sus asuntos, ¿no es cierto?

Zapotocky volvió a asentir.

—Bien —dijo entonces Bagesto, una vez reunió toda la información que precisaba—. Entonces, si no me equivoco, el lich acudirá más pronto que tarde a su despacho. Durante estos días habrá estado muy inquieto sin poder ver su filacteria y seguramente estará deseoso de reencontrarse con ella. Mi predicción es que mañana mismo, cuando vea que su despacho vuelve a su actividad habitual, aparecerá por allí —dijo, y Zapotocky dio un respingo. A continuación Bagesto miró el reloj de la habitación y añadió—. Creo que lo mejor que podemos hacer ahora es irnos a dormir. Tenemos por delante una jornada realmente especial.

Al día siguiente el prestamista abrió su negocio como de costumbre, mientras que los dos guerreros penetraron en el establecimiento por la puerta de atrás y se ocultaron en la trastienda. Un momento después, Zapotocky se reunió con ellos, con el cofre aferrado entre sus manos. Allí esperarían, en silencio, hasta que el lich hiciera su aparición.

Como Bagesto había predicho, una hora más tarde la puerta del establecimiento se abrió. Una figura encapuchada penetró en el interior sigilosamente y con gran solemnidad. Los tres pudieron ver todo esto por una rendija de la puerta, y Gridas y Bagesto comprobaron que el lich, cubierto con una gran capa, verdaderamente parecía un espectro. Pero en cuanto el ser se dio cuenta de que estaba solo, abandonó toda cautela y se abalanzó ávidamente sobre el estante donde reposaba el cofre. Al no hallarlo en el sitio donde esperaba encontrarlo tuvo un momento de agitación. Movido por la ansiedad se dispuso a registrar el resto de estanterías y cajones, y a medida que revolvía la habitación su desesperación crecía.

—Vamos, salga ya, antes de que destroce su tienda —le susurró Bagesto a Zapotocky.

El hombre abandonó el escondite y se plantó ante el lich. El ser giró su cabeza de inmediato. El repentino movimiento hizo que se le deslizara la capucha hacia atrás. Un cráneo desprovisto por completo de carne o piel quedó a la vista. Su rostro no podía mostrar emoción alguna, pero aun así se adivinaba su zozobra y su confusión, y cuando vio la caja en manos de Zapotocky, todo su cuerpo tembló.

La primera reacción del lich fue abalanzarse sobre el hombre y arrebatarle la filacteria, pero cuando Gridas y Bagesto aparecieron y se colocaron a su lado, vio que era imposible. En vez de eso dio media vuelta y se lanzó corriendo por la puerta, en un vano intento de huir. Llegó a recorrer media calle, bajo la vista atemorizada vecinos y viandantes, antes de que sus huesos se desmoronaran como por arte de magia.

Zapotocky, a una indicación de Bagesto, había estrellado el cofre contra el suelo, rompiéndolo en mil pedazos.

Lo único que quedaba del lich era un montón de huesos desparramados por la calle. Los vecinos, una vez que se disipó la impresión inicial, comenzaron a arremolinarse alrededor de ellos, aún con respetuoso temor.

Zapotocky y los dos guerreros se acercaron también. El hombrecillo apenas se lo podía creer.

—Gracias, muchísimas gracias —balbuceó, al mismo tiempo que les estrechaba las manos—. Me acaban de salvar la vida. Les estaré eternamente agradecido.

Poco a poco la gente se fue congregando en la calle para felicitar al prestamista y contemplar los restos del lich. Gridas y Bagesto se hicieron a un lado, pues preferían pasar desapercibidos.

Pero Zapotocky era un hombre agradecido y quiso olvidarse de ellos. Se abrió paso entre la muchedumbre y llegó hasta donde estaban. Tenía lágrimas de felicidad en los ojos, debido a la repentina liberación de toda la tensión que había acumulado durante días.

—Déjenme que les pague por lo que han hecho —dijo—. Algo así merece una gran recompensa.

—¡Oh, no se preocupe! No hacemos esto por dinero —se apresuró a decir Bagesto—. Nos bastará con una jarra de cerveza en El Esturión Plateado.

—¡Todas las que quieran! —añadió el prestamista.

Y así se hizo. Zapotocky y los dos guerreros acudieron a la susodicha taberna, donde fueron acogidos con un gran aplauso, pues la noticia se les había adelantado. Se sentaron en una esquina, tras recibir las felicitaciones de los allí reunidos, e inmediatamente les sirvieron las prometidas jarras de cerveza.

Y mientras disfrutaban de este premio, Gridas seguía dándole vueltas al asunto, impresionado de las capacidades mostradas por su amigo.

—Dime, Bagesto, ¿por qué el lich no intentó robar la filacteria? —preguntó Gridas—. Sabía quién la tenía y dónde se encontraba. E introducirse en el despacho no entrañaba ninguna dificultad. En una de esas ocasiones podía haber tomado la filacteria y salido corriendo.

—¡Ah, esa es una buena pregunta! —admitió Bagesto—. Los liches en general, y este lich en particular, son muy celosos de que su filacteria esté a salvo. Supongo que no habría tenido ningún escrúpulo en allanar una casa con tal de recuperar su tesoro, pero descubrió una cosa: este hombre era un prestamista venido a menos. Por su despacho apenas pasaba nadie, por lo que su filacteria no corría un gran peligro, y al mismo tiempo le resultaría mucho más fácil seguirle la pista si se encontraba en la ciudad que en lo alto de la montaña.

—¿Pero por qué no la llevaba consigo? —insistió el enano—. Si era tan importante para él, ¿por qué dejarla en manos de otra gente?

—Para saberlo hay que meterse en la piel de un lich y conocer a fondo las razones que les mueven. No es un tema sencillo. Solo unos pocos eruditos poseen el conocimiento suficiente para desenmascarar a un ser semejante.

Al oír esto, Gridas dirigió una mirada suspicaz a Bagesto.

—¿Entonces cómo sabes tú todas esas cosas? ¿Eras acaso uno de esos eruditos?

—Sé mucho más de lo que crees sobre los liches, mi buen amigo —respondió Bagesto, orgulloso—. Me atraen todo tipo de seres, pero los liches son de los más interesantes que he visto, sobre todo desde que hace un tiempo cayó en mis manos cierto libro que los definía a la perfección. El Cuarto de las Maravillas se titula, y en él se desentrañan todos sus misterios y peculiaridades. Te lo aseguro, no existe una obra más completa al respecto. Pero los liches parecen no interesar a la gente y pocas personas conocen este libro. Esa es la razón de que se sigan dándose situaciones como esta. ¿Qué habría sido de Grama si nadie hubiese revelado la verdadera naturaleza de esas apariciones? Habría causado la ruina de la ciudad, no lo dudes.

—Bagesto, eres un caja de sorpresas —confesó Gridas, y el humano no pudo evitar reírse a carcajadas.

Los dos guerreros siguieron bebiendo y festejando, y compartiendo el júbilo de los habitantes de Grama. No obstante, su alegría se vería truncada poco después, cuando dos guardias penetraron en la taberna y se dirigieron directamente hacia a ellos.

—¿Sois vosotros el humano y el enano que afirman que hay un lich en la ciudad? —preguntaron ásperamente.

—Había —corrigió Bagesto, ufano—. El lich ya ha sido destruido.

Y chocó su jarra de cerveza con la de Gridas.

Pero los guardias no estaban tan alegres. Uno de ellos tomó de la muñeca a Bagesto mientras su compañero hacía lo mismo con el enano.

—Están detenidos —dijeron.

—¡¿Por qué?! —exclamaron ambos, perplejos.

—Por propagar falsedades y provocar el pánico entre la población.


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13 comentarios sobre “De Héroes y Bestias – La aparición – Segunda parte

    1. Precisamente esa era mi inspiración. Cervantes mencionó La Galatea en el Quijote, así que, ¿por qué no iba a hacer yo lo mismo? De hehco, el relato entero está pensado como un guiño a El Cuarto de las Maravillas. Los que la hayan leído seguro que lo reconocen. Gracias por leerme!

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  1. Hola, autor, lo que más me ha gustado es tu excelente calidad narrativa para escribir un cuento como este, interesante y evocador de un mundo de fantasía que apenas se deja vislumbrar a través de la trama que has creado. El principal problema que he visto es que el “malo” del cuento (el lich) es muy poco malo. La reacción que provoca en Grama es exagerada para lo poco que hace. Poca gente, por no decir nadie, abandona todo lo que tiene por las supuestas apariciones de un “fantasma”, y menos aún si este no provoca daño alguno, ya sea material o personal. También queda un poco flojo su “enfrentamiento” con los guerreros y el prestamista, además de que tampoco tenía mucha lógica, pues sabía que si la filacteria era destruida él también lo sería, sin importar cuán lejos pudiera huir, ¿no? Al menos, esa es la impresión que se transmite en la historia. Lo suyo es que hubiera hecho uso de todo su poder (no he leído El Cuarto de las Maravillas, así que no puedo especificar hasta dónde podría llegar, pero imagino que bastante pupa, jeje) para recuperar el objeto que le aseguraba la existencia. En cualquier caso, me ha parecido un ingenioso “guiño” para tu otra obra.

    Mis felicitaciones. 🙂

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    1. Mi intención con este relato en concreto era dar a conocer un poco mi novela. Es verdad que el enfrentamiento no es muy allá, pero me sirve para que la gente se familiarice con algunos de los conceptos que desarrollo con más profundidad en El Cuarto de las Maravillas. En todo caso, con estos relatos me gusta dar una imagen de la fantasía épica un poco distinta de la habitual, en la que no hace falta que haya grandes villanos o monstruos superpoderosos, sino solamente situaciones curiosas que los héroes tengan que resolver. Vamos, un mundo más luminosos y colorido de a lo que estamos acostumbrados.
      Muchas gracias por leerlo!
      Un abrazo

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      1. Pues creo que has conseguido tus objetivos (al menos en lo que a mí respecta), porque ahora ya sé que existe tu novela y me has ofrecido una imagen diferente de la fantasía épica… ¿Te puedes creer que hasta me dio un poco de pena el destino final de ese lich, más preocupado por salvaguardar su existencia que por sembrar muerte y destrucción a su paso? 😀

        No hay nada que agradecer, en todo caso los lectores a ti por compartir.

        Saludo. 🙂

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  2. A mí, Bagesto y Gridas me evocan a Watson y Sherlock Holmes, van resolviendo casos allá por donde van. Comparto la opinión de Helkion, tienes excelente calidad narrativa y transmites mucho, pero si además trabajas esos detalles que Helkion te ha indicado: arrasarás. Cuestión de tiempo y paciencia. 🤗

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    1. ¡Sí, yo también los veo un poco así! De hecho, mi intención era que cada relato fuera como un caso de Sherlock Holmes, aunque en vez de ser del género policiaco fuera de fantasía. Me hace mucha ilusión que los lectores descubráis mis influencias! Gracias y un abrazo!

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