De Héroes y Bestias – El arquero prófugo – Primera parte

«Gridas y Bagesto han sido hechos prisioneros por el rey de Grama. Su futuro es incierto,
pero existe una forma de recuperar su libertad. Deberán capturar a un arquero prófugo.
Parece una tarea sencilla, pero ¿lo conseguirán?».


Gridas y Bagesto fueron esposados y sacados del local. Afuera les esperaban varios guardias más, quienes les escoltaron hasta el palacio de Grama. Zapotocky les seguía a trompicones, intentando en vano que le escucharan.

—¡Todo esto solo es un desafortunado malentendido! —exclamaba, suplicante—. ¡Ellos no han hecho nada! Llévenme a mí, yo fui quien vio al lich.

—¡Cállese de una vez! —gritó uno de los guardias, exasperado, alzando la porra.

Y Zapotocky se habría encarado con él si Bagesto no le hubiese hecho un gesto con la cabeza indicándole que no merecía la pena.

El enano y el humano fueron conducidos a través de las calles de la ciudad, que en el aquel momento se encontraban atestadas de transeúntes, hasta el palacio de Grama.

Es este un suntuoso edificio situado en el centro de la ciudad. Se trata de una estructura colosal, construida enteramente en madera, con multitud de terrazas y balcones, y en el cual se integraban de una manera armoniosa centenares de árboles. Varios jardines lo rodean, con macizos de flores de todo tipo, muchas de ellas desconocidas para los visitantes.

Pero todo esto solo lo pudieron ver de pasada, pues rápidamente les llevaron a través de varios pasillos hasta la sala del trono, donde les esperaba el rey.

Aparentaba unos cuarenta años, tenía el pelo castaño y sus rasgos eran afilados. En aquel momento parecía malhumorado.

—Yo soy el rey de Grama, Felstino II —se presentó—. Y creo que vosotros sois los alborotadores, ¿no es cierto?

Gridas y Bagesto no sabían que responder. El rey continuó.

—Según vosotros un lich se paseaba por las calles de Grama —dijo el rey, desafiante—. Y vosotros lo habéis eliminado, ¿verdad?

—Así es —contestaron.

—Mentís —cortó el elfo, de improviso.

Una expresión de hastío se dibujó en su rostro.

—¿Acaso no sabéis dónde estáis? Grama no es un pueblucho como los que conocéis. Grama representa el más alto desarrollo de la civilización. Por aquí no deambulan a sus anchas criaturas como esas de las que habláis. Quizá eso ocurra en las tierras de las que venís, pero no aquí.

—Pero juro que es cierto… —intentó decir Bagesto.

—Volvéis a mentir —insistió el rey, inflexible.

Los dos guerreros se indignaron y quisieron replicar, pero el elfo ya no les prestaba la atención.

—Llévenlos a las mazmorras —dijo, con expresión ausente.

Gridas y Bagesto fueron encerrados en una de las celdas más profundas del palacio. Sin embargo, no tuvieron mucho tiempo para lamentarse de su situación, pues tan solo un par de horas más tarde fueron convocados de nuevo por el rey. Cuando llegaron a la sala del trono, el rey parecía de mejor humor.

—Denles las gracias a ese amigo suyo —dijo el elfo—. Ese Zapotocky es muy persuasivo. Ha aceptado olvidarse del dinero que le adeudábamos a cambio de que os dejara en libertad. Y como es un viejo amigo de palacio, he accedido a su petición.

Los dos guerreros respiraron aliviados y sonrieron.

—Solo hay una cosa que debéis hacer antes —añadió el rey. A Gridas y Bagesto se les borró la sonrisa.

—He oído que intervinisteis en el incidente de las Montañas Púrpuras. ¿Es cierto eso?

—Así es —dijeron, suspicaces.

—Y tengo entendido que fue un buen trabajo. Hacía tiempo que llevaban cerrados esos túneles y ya temíamos que no se fueran a reabrir nunca. En vista de vuestras aptitudes para solucionar este tipo de problemas, estaría dispuesto a dejaros libres si me ayudáis con el siguiente asunto.

El rey carraspeó y dijo así:

—Hace unos días se celebró el certamen anual de tiro con arco de Grama. Los mejores arqueros de la región y del extranjero participaron en él. El torneo transcurrió sin incidentes hasta que llegó la entrega de premios. El ganador fue un joven arquero que había competido cubierto con un antifaz. Las normas no lo prohíben, pero yo tenía mis sospechas sobre este individuo. El caso es que cuando acudió a recoger el premio le pedí que se descubriera el rostro, pero se negó a hacerlo. Le dije que era necesario, y que el premio no se movería aquí hasta que él no tuviera la decencia de identificarse ante mí, lo que me pareció una petición muy sensata. No a él, que se dio media vuelta y salió de la habitación, airado.

No supimos nada más hasta esa misma noche, cuando los guardias dieron la voz de alarma. Un intruso se había colado en el palacio y había robado el premio. Una partida de hombres le persiguió hasta una colina, donde se ha parapetado y nadie es capaz de traerle de vuelta.

—¿Pero cómo es posible? —preguntó Gridas— Si es solo un arquero…

—Sí, pero no es uno cualquiera —dijo el rey, visiblemente irritado, y continuó—. Mañana mismo partiréis junto con algunos de mis hombres y os ocuparéis del asunto, ¿entendido? Si lo hacéis bien os concederé la libertad, pero si falláis o intentáis huir, seréis enviados a los Jardines Interminables.

Gridas y Bagesto cruzaron una mirada de extrañeza, lo que divirtió al rey elfo.

—¿No habéis oído hablar de mis preciados jardines? Mejor para vosotros. Creedme, no es algo que quisierais conocer.

Con estas palabras se dio por terminada la audiencia. Gridas y Bagesto fueron devueltos a las mazmorras, pero esta vez no se les condujo a la misma celda, sino a otra más espaciosa y menos vigilada, en vista de su buena disposición a obedecer. Esto permitió que recibieran una visita inesperada pocas horas después, cuando ya había anochecido.

—¡Eh, chicos! ¡Aquí, en la puerta! —siseó una voz.

Gridas, que no pegaba ojo, fue el primero en reaccionar. Se levantó y se acercó para ver quién era. A la débil luz de la luna pudo reconocer el rostro del prestamista Zapotocky.

—¿Qué haces aquí? Te meterás en un lío si te pillan —dijo el enano.

—No lo creas. El carcelero es amigo mío —dijo el prestamista, sin darle importancia—. Bueno, tengo entendido que os van a liberar.

—Solo si resolvemos el asunto que nos ha encargado —dijo Bagesto, que se acababa de despertar.

El rostro de Zapotocky se contrajo en una mueca de preocupación.

—Nos liberará, dalo por seguro —añadió Bagesto—. Cumpliremos con el trámite que nos ha encargado y nos iremos de aquí.

El prestamista se tranquilizó.

—Bueno, sé que lo haréis bien —entonces pareció recordar algo—. Llevaos esto. Están hechas con la piel que trajisteis.

El hombrecillo les entregó dos objetos: uno era un escudo recubierto con la piel de Uliatal; el otro, una especie de cota de mallas, pero fabricada también con las escamas del lagarto.

El prestamista sonrió al ver la expresión de asombro de sus amigos.

—Pero todo esto cuesta mucho dinero, Zapotocky —dijo Bagesto cuando se recuperó de la sorpresa.

—Oh, no os preocupéis —dijo—. Me lo puedo permitir. Gracias a vosotros mi negocio va mejor que nunca. Además, Düsan también os agradece lo que habéis hecho. Me dijo que había puesto todo su esmero en la elaboración de estas piezas.

En ese momento, una tos del carcelero indicó a Zapotocky que su tiempo se había acabado.

—Tengo que irme. ¡Buena suerte, amigos! —dijo, y se esfumó por el pasillo.

Los dos guerreros apenas tuvieron tiempo de despedirse del prestamista. Luego se acostaron, pues necesitaban estar descansados para la tarea que les aguardaba.

Al día siguiente les sacaron de la celda temprano y les llevaron hasta el patio del palacio. Allí les esperaba una partida de cuatro soldados, que serían sus acompañantes, los cuales se sumarían a los otros seis guardias que ya les esperaban en el lugar al que iban.

—¿De verdad cree que son necesarios tantos hombres para evitar que escapemos? —comentó Gridas, indignado.

—Al menos ahora no nos llevan esposados —apuntó Bagesto con una sonrisa.

—Menudo consuelo —dijo el enano, y emitió un largo suspiro.

Tras unas horas de caminata a través de los bosques que circundan la ciudad, la exuberante vegetación desapareció y dio paso a un valle, al fondo del cual pudieron ver los estandartes de Grama.

Los guardias habían acampado al pie de una colina y la habían cercado, aunque solo la cara sur permitía subir hasta la parte más alta; las otras eran demasiado escarpadas y abruptas, por lo que no se hacía necesario vigilarlas.

Un solitario y achaparrado roble era lo único que se destacaba en la cima, pero si uno aguzaba la vista podía distinguir entre el follaje la silueta de una persona sentada a horcajadas sobre una de las ramas más gruesas del árbol.

El jefe de los guardias se aproximó a los recién llegados y los saludó.

—¿Sois vosotros dos los que venís a ayudarnos? –les dijo.

Los dos guerreros asintieron. El jefe de los guardias les miró de arriba y abajo, suspiró, y a continuación les explicó la situación, que no había cambiado mucho. Sus intentos de capturar al arquero habían sido infructuosos.

—¿Ha intentado escapar? —preguntó Bagesto.

—No. Antes de que se refugiara allí arriba conseguimos herirlo en la pierna derecha. Ahora se encuentra atrapado y apenas puede desplazarse. Desde que estamos aquí no se ha movido de aquella rama.

—Entonces no podrá resistir demasiado tiempo —señaló Gridas—. Será cuestión de tiempo que se entregue.

—Podríamos esperar a que se quede sin comida, o a que se duerma, pero sería una vergüenza para nosotros —dijo el jefe de la guardia, malhumorado—. Ahora somos doce contra uno, así que no deberíamos tener problemas para reducirlo. Propongo que avancemos todos juntos, bien protegidos tras nuestros escudos. Si avanzamos suficientemente rápido no podrá alcanzarnos a todos.

Los otros hombres asintieron y se dispusieron a obedecer las órdenes.

Algo les decía a Gridas y a Bagesto que no sería tan sencillo, pero no tenían ninguna idea mejor, por lo que accedieron a poner en práctica ese plan.

Se les entregó armas y corazas. Gridas rechazó la suya, pues se bastaba con la cota de mallas que le había traído Zapotocky, y lo mismo hizo Bagesto cuando le ofrecieron un escudo.

Una vez estuvieron listos se reunieron con el resto de la guardia y se dio inicio al ataque. El grupo estaba formado por doce hombres que avanzaba con cautela, pero a buen ritmo, colina arriba. Durante unos momentos no ocurrió nada y pudieron cubrir buena parte de la distancia que les separaba de la cumbre sin mayor dificultad, pero enseguida cambió la situación.

Bagesto pudo ver por el rabillo del ojo que el arquero se ponía en movimiento. Sacó una flecha y un enorme arco, y un instante después les apuntaba desde la rama en la que se encontraba.

—¡Cubríos! —gritó Bagesto.

El proyectil se deslizó a una velocidad increíble por entre las tropas, sin alcanzar a ninguna de ellas, y pasó de largo. Unos murmullos de alivio se extendieron entre el grupo, pero el arquero había fallado a propósito.

Un fuerte vendaval surgió de pronto de la nada, obligando al grupo a detenerse en seco. Tan súbitamente se desató que arrancó la espada de la mano de Bagesto sin que este pudiera impedirlo, y el casco de Gridas salió despedido del mismo modo.

Los guardias no tuvieron tanta suerte: varios trastabillaron y rodaron por el suelo, y dos de ellos salieron volando por los aires.

—¿Qué acaba de suceder…? —murmuró Bagesto, desconcertado.

Continuará…

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