De Héroes y Bestias – El arquero prófugo – Segunda parte

«El misterioso arquero consigue desatar un tremendo vendaval usando tan solo un arco y una flecha.
Los guardias ruedan por los suelos a cada disparo.
Gridas y Bagesto deberán usar toda su ingenio para vencer a este inusitado enemigo.
¿Encontrarán la manera de lograrlo?»


El viento se disipó tan rápido como había venido. Los hombres que quedaban en pie emprendieron la retirada, y Gridas y Bagesto hicieron lo mismo. El arquero observó la caótica escena desde rama del árbol y después recogió su arco, aparentemente satisfecho.

Los guardias que habían salido volando se encontraban al pie de la colina, doloridos pero a salvo, y aún conmocionados por lo que acababa de pasar.

Una vez se recobró la calma, el grupo se reunió.

—Bueno, ya habéis visto que no se trata de un arquero cualquiera —masculló el jefe de la guardia, con el orgullo herido—. En nuestros anteriores intentos se limitaba a dispararnos uno a uno, haciéndonos rodar ladera abajo cada vez que las flechas impactaban en nuestros escudos. Pero creí que si íbamos todos juntos le resultaría imposible detenernos a todos. Me equivocaba.

En efecto: era tal la fuerza que el arquero podía imprimir a cada disparo que lograba generar potentísimos remolinos alrededor de la flecha. No necesitaba alcanzar a sus enemigos para vencerles: con acercarse a ellos era suficiente. De esta manera podía enfrentarse a decenas de hombres con un único arco.

Tras el fallido intento de capturar al arquero, hicieron una pausa y se pusieron a pensar cómo proceder a continuación.

Bagesto se separó del grupo y se sumió en sus pensamientos. Tras unos minutos se acercó a Gridas.

—Creo que hay una forma de subir hasta allí arriba —murmuró Bagesto—, pero dependerá de nosotros dos.

Y mientras lo decía miraba la piel del Uliatal de su escudo.

—Lo que sea con tal de acabar con esto pronto —gruñó Gridas, y ambos se dirigieron a hablar con el resto de grupo.

El jefe de la guardia no había tenido ninguna idea más y esperaba pacientemente que sucediera algo que desatascara la situación. Cuando Bagesto pidió hablar no tuvo ningún problema en concederle la palabra. Cualquier sugerencia era bienvenida.

Bagesto carraspeó y dijo así:

—Propongo que avancemos de nuevo todos juntos, pero esta vez nos colocaremos por parejas. De este modo será más difícil que nos haga volar por los aires. Marcharemos lentamente, sin prisa, echándonos al suelo si es necesario. No importa que derribe a algunos de nosotros mientras alguien consiga llegar hasta arriba. Y una vez allí capturarlo será sencillo: su arco ya no valdrá para nada a tan corta distancia, y su pierna herida no le permitirá mantener un combate cuerpo a cuerpo.

Pocas esperanzas tenían los guardias en este plan, pero Bagesto hablaba con tanto entusiasmo que logró convencerlos de intentarlo de nuevo. No obstante, tampoco él confiaba demasiado en el éxito de esta tentativa, pero había una posibilidad, y para ello era imprescindible la colaboración de todas las tropas.

En breve estuvo todo dispuesto. A una señal del jefe de la guardia, el grupo se puso en marcha. De nuevo, el arquero observó la escena que se le presentaba y cuando solo habían dado unos pocos pasos, cogió su arco y retomó el ataque.

El escudo de Uliatal retemblaba con cada flechazo que se ensartaba en él, y ponía seriamente a prueba la fuerza de los dos guerreros. Pero la piel resistía, y nada hacía temer que fuera a ceder.

—¡Seguid avanzando! —gritaba el jefe de la guardia.

El plan funcionaba. Las tropas, agrupadas de dos en dos, aguantaban mejor los disparos, y solo una pareja voló por los aires. El resto continuó caminando y según lo hacían parecían que recuperaban la esperanza.

Pronto advirtieron que el espacio entre flechazo y flechazo se reducía,  pues el arquero había redoblado el ritmo al que disparaba. Pero también se notaba que se estaba cansando: muchas de las flechas que impactaban lo hacían con mucha menos fuerza. Para los guardias seguía siendo un reto resistir, pero no para Gridas y Bagesto, protegidos tras la piel de Uliatal, la cual amortiguaba en gran medida los golpes.

—¡Está nervioso! —gritó Bagesto para animar a las tropas.

De este modo fueron recortando la distancia que les separaba de su enemigo y pronto se encontraron casi en la cima. Los guardias habían ido cayendo, fatigados o derribados, hasta que solo quedaron los dos guerreros. Pero ya estaban a escasos metros del arquero.

Entonces, a un señal de Bagesto, Gridas echó a correr, alejándose del peligro, mientras el humano cogía el escudo con las dos manos y lo lanzaba con todas sus fuerzas contra el arquero.

Este, sorprendido, tan solo tuvo tiempo de interponer su arco en un vano intento de detener el ataque. La madera estalló con un estrepitoso crujido y se deshizo en multitud de astillas que cayeron desperdigadas por la zona.

El embate del escudo fue tan grande que el arquero no pudo mantener el equilibrio sobre la rama y se precipitó al suelo, donde rápidamente fue rodeado por Gridas y Bagesto.

En la caída, el antifaz que llevaba puesto se desprendió, revelando su identidad, para asombro de los dos guerreros.

—¡Es Dinna! —exclamaron a la vez.

En efecto, la valerosa elfa que les había acompañado durante la caza de Uliatal se hallaba tumbada en el suelo, desprovista de sus armas y con una pierna toscamente vendada.

Rápidamente se llevó un dedo a los labios, indicándoles que guardaran silencio.

—No digáis mi nombre —siseó—. No quiero que lo sepan —añadió, en referencia los guardias.

Pero no hacían falta tales precauciones. Los guardias seguían derribados en el suelo o corrían a ponerse a salvo ladera abajo.

—No sabíamos que tenías esa tremenda fuerza —dijo Bagesto, admirado, mientras la ayudaba a ponerse en pie.

La elfa hizo una mueca cuando se apoyó en la pierna herida.

—Y no la tengo. Al menos no sin este arco —respondió Dinna, entristecida, mientras miraba los pedazos de su arma.

—Lo sentimos mucho —se disculpó Gridas—. De haber sabido que eras tú, habríamos obrado de otro modo.

—No importa, chicos. La culpa no es vuestra, sino de ese malnacido rey de Grama.

Dinna masculló una maldición.

Entonces Bagesto cayó en la cuenta de algo.

—Creo… creo que ahora tenemos que detenerte —dijo el humano, visiblemente avergonzado, pero rápidamente añadió—. No era nuestra intención, pero son las órdenes que recibimos.

El rostro de Dinna se ensombreció.

—¿Cuáles son vuestros planes? —preguntó.

—Volveremos a Grama para que el rey nos conceda la libertad.

—¡No lo hagáis! —espetó Dinna, de pronto, poniéndose muy seria—. Si volvéis, os retendrá con cualquier argucia. No creo que tuviera intención de liberaros, y menos aún si podéis serle de utilidad.

Dinna pensó durante unos segundos y añadió:

—Haced esto: venid conmigo a mi tierra. Os dirigías al Gran Torneo, ¿no es cierto? Pues tendréis que pasar por allí antes o después. No existe otro camino.

Gridas y Bagesto echaron un ojo a los guardias. Aún se estaban reponiendo trabajosamente y estaban bastante aturdidos, pero ya habían advertido que el combate había terminado.

—No tenéis mucho tiempo —dijo Dinna, sonriente— Yo no pienso entregarme, y además no podréis devolver el premio del certamen.

Bagesto y Gridas se miraron con extrañeza.

—¿Por qué?

—Pues porque el premio era el propio arco. Y lo habéis roto en mil pedazos. Dudo mucho que el rey se ponga contento.

Esto les acabó de convencer.

—De acuerdo, Dinna, nos vamos contigo. Además, todavía tienes que respondernos muchas preguntas —apuntó Gridas, pero entonces le asaltó una duda—. ¿Cómo piensas sacarnos de aquí?

—Bueno, no es casualidad que escogiera este lugar para refugiarme —dijo, enigmática.

Instantes después, los guardias alcanzaron la cima de la colina. Donde poco antes habían estado los dos guerreros y la elfa ahora no había nada.

—¿Dónde se han metido…? —masculló el jefe de la guardia, furioso.

Continuará…

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