De Héroes y Bestias – Una plaga voraz – Primera parte

«Gridas y Bagesto llegan a Querial, pero encuentran los campos arrasados.
Una plaga asola la región. Sus habitantes están desesperados, pero nadie sabe qué hacer.
¿Conseguirán los dos guerreros solucionar este misterio?»


Gridas, Bagesto y Dinna caminaban por un estrecho túnel. La elfa había sacado de entre sus pertrechos una antorcha y bajo su mortecina luz avanzaban hasta la salida.

De arriba les llegaban las voces de los guardias, amortiguadas por los dos metros de tierra que les separaba. La inexplicable huida de la elfa y los dos guerreros huida les había dejado perplejos, y aún se preguntaban qué había pasado. Y la sorpresa no había sido solo para ellos: Gridas y Bagesto estaban igual de asombrados.

Cuando aún estaban en la colina, Dinna les había indicado que examinaran la tierra tras el tronco del árbol. Aunque a simple vista no se veía nada, cuando palparon el suelo encontraron lo que parecía un asa. Tiraron de ella, descubriendo una trampilla escondida entre la hierba, y bajo la cual se escondía un túnel que discurría por las entrañas de la colina.

Durante unos instantes Bagesto y Gridas se dejaron llevar por la sorpresa de este hallazgo, pero la elfa les apremió para que la ayudaran a bajar. Una vez Dinna fue depositada en el suelo del túnel, ellos saltaron detrás y cerraron la trampilla, que quedó de nuevo perfectamente oculta.

Hasta que los guardias no se molestaran en inspeccionar detenidamente la base del árbol, no darían con el truco, y para entonces contaban con estar muy lejos de aquel lugar.

Por ello Bagesto consideró que aquel era un buen momento para resolver algunas dudas.

—Bien, Dinna, creo que tienes algunas cosas que contarnos –comenzó Bagesto—. En primer lugar, ¿cómo pudiste llegar hasta aquí antes que nosotros? El paso de las Montañas Púrpuras estaba cortado.

—Ah,  es que las cruce por la superficie.

—Tengo entendido que son muy peligrosas —apuntó Gridas.

—Sí, pero no tanto si vas bien armada —dijo la elfa, señalando los trozos del malogrado arco que llevaba entre sus pertrechos—. Es una suerte que no tenga que volver a atravesarlas. Ahora me resultaría imposible. Ese arco me salvó la vida en las montañas, y también después, cuando me quedé encerrada en la colina. Con un arco normal no habría podido enfrentarme a tantos enemigos, y menos herida —dijo, señalándose la pierna—. Pero si con cada disparo hacía volar por los aires a un par de guardias y frenaba al resto, podía resistir.

—Y esa es otra: —continuó Bagesto— ¿se puede saber por qué robaste el premio del certamen?

—¡Lo había ganado limpiamente! —protestó la elfa, con fingida indignación.

—Sí, pero ¿por qué no quisiste identificarte?

—Veréis, digamos que trabajo para cierta persona que no es del agrado del rey de Grama. Si hubiese descubierto mi identidad me habría quedado sin el premio y sin mi libertad.

—¿De verdad? —preguntó Gridas, titubeante. No tenía a la elfa por una delincuente—. ¿Es que has hecho algo malo?

—No hace falta hacer nada para que te persigan en Grama —dijo Dinna. Entonces se detuvo—. Creo que debo poneros al corriente de cuál es la situación por estos lares.

Dinna carraspeó y comenzó:

—Las tierras a este lado de las Montañas Púrpuras se dividen principalmente en dos reinos: el de Grama, a cuyo rey, Felstino II, ya habéis conocido, y que es el ser más repugnante sobre la faz de la tierra; y el de Breal, regido por Valio IV, un rey justo y pacífico. Debido a sus particulares personalidades, estos reyes son conocidos como el elfo cruel y el elfo bondadoso. Los dos se llevan terriblemente mal, por lo que no es infrecuente que haya conflictos entre ambos reinos. Ahora mismo, cualquier habitante de Breal que se pasee por Grama se arriesga a ser detenido y encerrado en las mazmorras, y algo similar ocurriría también a la inversa.

Dinna suspiró y cambió de tema.

—Ahora mismo estamos abandonando el reino de Grama y para cuando salgamos de este túnel ya estaremos en Breal. Así que aunque esos guardias fueran  capaces de dar con la trampilla, no podrán hacernos nada, puesto que se meterían en un buen lío si lo intentaran. De todas formas, ahí está la salida —dijo, y señaló al frente.

Una pequeña luz había aparecido al fondo de la galería. Era el final del túnel. Según se acercaban la claridad fue creciendo hasta convertirse en una abertura lo suficientemente ancha como para pasar por ella. Y cuando lo hicieron se encontraron en las faldas de un cerro.

—Ya hemos penetrado en las tierras del elfo bondadoso —anunció Dinna alegremente.

Gridas y Bagesto aún se estaban acostumbrando a la luz cuando Dinna comenzó a escalar hasta la cima del cerro. Los dos guerreros la siguieron en cuanto estuvieron listos. Cuando al fin la alcanzaron, la elfa ya estaba arriba y señalaba un punto en la lejanía.

—Aquellas son las tierras de Querial, el pueblo en el que me crié, donde los campos son más verdes, exuberantes y fértiles que en ningún otro sitio —dijo, con orgullo.

Pero la escena que se les presentaban a la vista era muy distinta: un pequeño poblado se divisaba unos kilómetros más allá, pero no había prados ni campos a su alrededor. En su lugar se extendía un páramo yermo e interminable en el que no se vislumbraba ni una brizna de hierba.

—Pero Dinna… esto no se parece en nada a lo que nos has dicho… —murmuró Bagesto.

Dinna agachó la cabeza y su semblante se entristeció.

—Lo sé —confesó—. En el pasado sí que era una tierra próspera, pero entonces apareció la plaga, y los fértiles campos fueran convertidos en este árido desierto.

Descendieron del cerro y atravesaron el polvoriento páramo. Ahora que se encontraban en él, pudieron advertir entre la tierra pequeños tallos y hojas mordisqueadas, como si algo hubiera arrasado el terreno hasta dejarlo en aquel estado.

—Las plantas siguen creciendo como lo hicieron siempre, pero en cuanto surgen los primeros frutos la plaga asola la región y lo devora todo —explicó Dinna.

Siguieron caminando y media hora después llegaron a Querial. A pesar de la desgracia que se cernía sobre la comarca, el pueblo aún mantenía una actitud positiva, que se reflejaba en sus bonitas y pulcras calles, las cuales contrastaban con el desolador aspecto de su entorno. Se notaba que sus habitantes habían sido ricos y prósperos en el pasado, y todavía se apreciaba en ellos ese orgullo.

Por el camino Dinna recibió muchos saludos de sus vecinos, que se alegraban de su vuelta. La elfa, tras atender a todo el mundo con una sonrisa,  condujo a los dos guerreros directamente al ayuntamiento, pues dijo que tenía que hablar con el alcalde. Sin embargo, nada más llegar les informaron que no se encontraba allí. Había salido para inspeccionar ciertos campos, pero si se daban prisa le alcanzarían.

Y así fue. Dinna conocía el camino y en breve llegaron al lugar indicado, y Gridas y Bagesto al fin pudieron comprobar la exuberancia de aquella región. Los campos que allí había estaban repletos de frutos: tomates jugosos, patatas lustrosas y mil verduras y hortalizas más.

—¿A qué se debe todo esto? —preguntó Bagesto—. ¿Por qué la plaga no ha llegado hasta aquí?

Un hombre se acercó al verles y respondió él las preguntas del humano.

—Al norte del pueblo, protegidas como podéis ver por esas montañas que las circundan, permanecen intactas estas tierras de cultivo. Gracias a ellas hemos sobrevivido, pues producen lo suficiente para alimentar al pueblo. Pero con el tiempo, también estas sucumbirán y entonces no nos quedará nada.

Este que hablaba era el alcalde, que emitió un suspiro, compungido. Después saludó a Dinna y continuó:

—Antaño estos campos eran los más fértiles de la región. Producíamos cuanto necesitábamos y mucho más. Venían comerciantes de todo el reino a comprar nuestras verduras y hortalizas. Pero un día apareció la plaga. No sabemos de dónde viene ni a qué se debe, pero año tras año vuelve por aquí con un hambre voraz.

Entonces alguien gritó y todo el mundo alzó la cabeza. Una mancha había aparecido en el cielo. Al principio era tan solo una mota en el horizonte, pero enseguida fue aumentando de tamaño, y cuando se acercó un horrible zumbido llegó a sus oídos.

Los campesinos cogieron sus cestas y salieron de allí corriendo, justo a antes de que la nube cayera directamente sobre la cosecha.

Bagesto hizo el amago de acercarse, pero Dinna le detuvo.

—No podemos hacer nada —dijo, con el rostro sombrío—. Aquellos que se enfrentan a la plaga, son devorados por ella.

Por ese motivo tuvieron que esperar a prudente distancia a que el espectáculo terminara. La nube se demoró todavía una hora más, mientras devoraba minuciosamente la abundante cosecha. Después, poco a poco fue elevándose con un zumbido y voló de nuevo hacia el norte, por donde había venido.

Fue entonces cuando pudieron comprobar

Donde hacía unos momentos había una huerta con tomateras, zanahorias y patatas, ahora solo quedaba unos pocos rastrojos, y unos pequeños seres, de dos o tres centímetros, recubrían el suelo.

—Langostas —dijo Bagesto nada más verlas.

Pero Dinna negó con la cabeza. Entonces el humano, extrañado ante la reacción de la elfa, se agachó y cogió uno de aquellos seres, y lo examinó con cuidado. Cuando terminó, se giró hacia sus compañeros, boquiabierto.

—Es verdad, no se trata de ninguna clase de insecto —reconoció, profundamente impresionado—. ¡Son miles y miles de crías de dragón!

Continuará…

© Todos los derechos reservados

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s