De Héroes y Bestias – Una plaga voraz – Segunda parte

«Gridas, Bagesto y Dinna emprenden la tarea de desenmarañar el misterio de la plaga.
Se ponen en marcha hacia el norte, de donde provienen los dragones, y allí encuentran un volcán.
¿Estará relacionado con el problema?»


Bagesto estaba intrigado por este hallazgo.

—¿De dónde proviene la plaga? —preguntó.

—Siempre llega por el norte —dijo el alcalde—, pero no sabemos muchos más. Es difícil acercarse a esas criaturas. Algunos de los nuestros han muerto devorados.

Bagesto asintió. Después se volvió hacia sus amigos.

—Pues si la única pista que tenemos es que vienen del norte, entonces debemos ir al norte —sentenció Bagesto, y sus compañeros estuvieron de acuerdo.

Volvieron al pueblo y allí tomaron todas las provisiones que el alcalde les proporcionó, y así, bien pertrechados, partieron.

Recorrieron las yermas tierras de Querial durante un par de horas, cuando Bagesto advirtió algo.

—¿Qué es aquello de allí? —preguntó, señalando una extraña formación rocosa que se alzaba a unos kilómetros de donde estaban.

—Es el volcán Querialino —dijo Dinna.

—Me gustaría echarle un vistazo.

Dinna se encogió de hombros y les condujo hasta él.

Tras media hora de caminata, llegaron a las faldas de la montaña. Inmediatamente pudieron ver que sus paredes estaban llenas de cuevas y cavidades, y Bagesto insistió en investigarlas. Se encaramó a un peñasco y comenzó a inspeccionar una a una todas las oquedades.

No tardó mucho en encontrar lo que buscaba.

—¡Chicos, aquí hay una entrada! —gritó.

Sus compañeros le siguieron, mientras él se internaba en el volcán. Para hacerlo había que deslizarse entre las estrechas paredes de piedra, pero cuando lo conseguías, aparecías en un saliente que daba a una amplia estancia natural, tenuemente iluminada por los rayos de sol que se filtraban por pequeñas aberturas.

—Esto es fantástico… —musitó Dinna cuando se reunió con Bagesto—. No tenía ni idea de que existía este lugar…

Entonces la elfa reparó en algo.

—¡Mirad, allí abajo! —dijo, y señaló hacia lo lejos.

Dos figuras enormes se movían lentamente, y de cuando en cuando emitían un bufido.

—Son dragones… dragones adultos… —mascullo Gridas.

Y bajo ellos había una multitud de pequeños seres que hormigueaban incesantes por todo el suelo de la caverna.

—Y esas son sus crías —indicó Dinna.

Durante unos instantes contemplaron impresionados la imagen que se les presentaba, señalando aquí y allá todas las cosas que veían: los nidos de los dragones, las cáscaras de huevo desperdigadas por el suelo, y los huesos de los desafortunados animales que habían caído bajo las garras de los dragones.

Bagesto, que había estado pensativo todo el rato y sin decir nada, por fin rompió su silencio.

—Estos dragones no son de por aquí —dijo—. Son originarios de una región que se encuentra a cientos de kilómetros hacia el sur. Debieron de extraviarse mientras volaban y entonces el invierno cayó sobre ellos. Esta es mi teoría:

«Buscando un lugar donde guarecerse, los dragones se internaron en las intrincadas galerías que recorren el volcán en su interior, atraídos por el calor del magma ardiente. Pero las últimas erupciones provocaron el derrumbamiento de algunas paredes de roca, y estas bloquearon las salidas. Desde entonces han estado aquí atrapados.

»Supongo que han sobrevivido tanto tiempo alimentándose de las pequeñas alimañas que se refugian del frío en este paraje: zorros, serpientes, ratones de campo y, sobre todo, murciélagos. Tan solo sus crías, debido a su diminuto tamaño, podían escapar fácilmente del volcán, y estas formaban la plaga.

»Lo normal es que de los miles de huevos que una dragona puede poner cada año, solo unas decenas sobrevivan y lleguen a eclosionar, y de los que nacen, solo uno o dos alcanza la edad adulta.

»No obstante, esta región no está habituada a la presencia de dragones, y debido a ello carecen de depredadores. Por esta razón las crías proliferan, y cada año un enjambre de miles de individuos arrasa los campos más cercanos. Y cada una de ellas puede comer al día el equivalente a tres veces su propio peso, pues a tan temprana edad los dragones necesitan cantidades ingentes de alimento. Creo que eso es lo que ha sucedido».

—¡Están atrapados, entonces! —exclamó Dinna, tras escuchar la explicación—. Pero si los liberamos, podrán volver a sus hogares, ¿no? Y entonces la plaga terminará. ¡Lo hemos conseguido! ¡Hemos resuelto el problema!

Pero Gridas fruncía el ceño.

—¿Y cómo lo haremos? Si los dragones no han sido capaces de liberarse por sí solos, nosotros tampoco podremos.

Bagesto asintió, pero señaló el techo. Unos puntos de luz revelaban pequeñas aberturas en la cima de la montaña por las que las crías salían al exterior.

—Salgamos afuera y subamos a la cumbre. Me gustaría inspeccionar esa zona. Quizá nos dé alguna pista sobre qué hacer a continuación.

Abandonaron la estancia por el mismo lugar por el que habían entrado y después emprendieron el ascenso hasta la cima. Una vez allí pudieron ver que toda la superficie estaba salpicada de pequeños orificios, la mayoría diminutos. Sin embargo, no tardaron en descubrir una depresión en el suelo. Se trataba de un pozo, en el cual se acumulaban un montón de cascotes.

Bagesto se agachó y examinó de cerca el lugar.

—Por aquí debieron de entrar los dragones, y mientras estaban dentro, se produjo el derrumbe —dijo—. Si los retiramos, abriremos un agujero lo suficientemente grande como para que salgan. Es una tarea formidable, pero con el suficiente número de manos, no debería ser complicado.

—¡Convocaré a todo el pueblo si hace falta! —exclamó Dinna.

Y así lo hicieron. En cuanto la noticia llegó a Querial, el alcalde organizó una partida de hombres y mujeres dispuestos a ayudar, y poco después, partieron hacia el volcán.

Allí, Gridas había estudiado el terreno y había determinado cómo debían proceder. En cuanto los vecinos llegaron, estableció las tareas de las que debía encargarse cada uno y enseguida se encontraron retirando la piedra a buen ritmo.

Con gran cuidado se dirigieron las operaciones, y todo el pueblo trabajo afanosamente para liberar a las criaturas atrapadas. Tras una hora de incesante labor, un orificio de unos tres metros de diámetro había sido abierto en la cumbre, dejando el descubierto un abismo de negrura insondable.

Entonces un rugido llegó desde el agujero. Los aldeanos descendieron por la pendiente y se pusieron a resguardo. Segundos después una bocanada de humo salió por la abertura y detrás apareció la impresionante cabeza de la dragona, seguida de su esbelto y reluciente cuerpo, y detrás una miríada de crías. Por último salió el macho, solemne y elegante, cerrando la marcha y asegurándose que sus retoños no se quedaban rezagados.

Esta vista sobrecogedora atenazó los corazones de los presentes, que por un momento contuvieron el aliento ante semejante exhibición. Y cuando comenzaron a rugir y a volar enloquecidos temieron por sus vidas.

Pero enseguida vieron que no había peligro, pues no era furia lo que sentían los dragones, sino euforia. Dos años habían pasado en aquellas angostas cavidades y ahora por fin podían desentumecer sus músculos y desplegar sus alas. Para celebrarlo realizaron una serie de cabriolas y acrobacias en el aire, para regocijo de los allí congregados. Después los animales emprendieron el viaje hacia el sur, hacia la tierra de la que provenían, y tras ellos volaban sus crías en confuso desorden.

Todos aplaudieron ante este espectáculo y se felicitaron los unos a los otros por el trabajo bien hecho. Y especialmente aclamaron a Dinna, Gridas y Bagesto, pues sin ellos nada de esto habría sido posible.

Una vez los dragones se perdieron en el horizonte y todas las crías salieron del volcán, bajaron todos de la montaña y regresaron a Querial. Allí continuaron la celebración y la acompañaron con bebidas y manjares, pues aunque las despensas estaban medio vacías, ya nunca más tendrían que vérselas con la plaga y la tierra volvería a ser exuberante de nuevo.

De este modo pasaron toda la noche, con bullicio y alegría, mientras Gridas y Bagesto se preguntaban hacia dónde encaminarían sus pasos al día siguiente. Esta cuestión quedó resuelta cuando ya estaban a punto de darse por finalizados los festejos, pues el alcalde se acercó apresuradamente a los tres guerreros y habló así, dirigiéndose a la elfa:

—Dinna, tengo una mala noticia —dijo, y su rostro se ensombreció—. Acaba de llegar un mensajero de la capital. El rey ha desaparecido.

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